Tras de muchos años de oración y fe, la mujer quedó embarazada, y nueve meses después, la pareja tuvo un hijo. ¿Suena familiar? Así debe ser, pues se trata de Sara y Abraham (Génesis 21.1-7).
Años más tarde Dios le indicó a Abraham que tomara a su hijo, Isaac, y lo sacrificara en holocausto (Gen. 22.1-14). ¿Qué pensamientos habrán galopado en la mente de Abraham? “El mismo Dios que bendijo nuestra existencia con la de este joven ahora quiere quitárnoslo?” O tal vez se preguntó: “¿Cómo rayos le voy a explicar esto a Isaac?”
La Biblia no entra en mucho detalle en esta parte del relato, pero se puede conjeturar que Abraham manejó la situación de maravilla (Gen. 22.7,8). Después de todo, no se trataba de convencer al chico de que regresaría por él tras una semana de retiro juvenil en el campo.
Abraham debió haber ayudado a su hijo a encarar el hecho de que se enfrentaba a la muerte como sacrificio a Dios. En tales circunstancias dramáticas, ¿qué es lo más probable que hayan discutido? Quizás hablaron de que Dios, en su infinita sabiduría, debía tener algún misterioso propósito para exigir tal sacrificio.
Quizá simplemente se abrazaron y lloraron. Tal vez se dijeron muy poco, o nada. Tal vez Abraham manifestó a Isaac su fe de que “Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir” (Hebreos 11.19).
Cualquiera que haya sido el caso, ésta fue una de las pruebas más difíciles de cualquier familia en la historia bíblica. El desenlace fue que Dios perdonó la vida de Isaac. La lección que a menudo se imparte con este relato es acerca de la fe y, ciertamente, se trata de una gran historia de fe.
Sin embargo, para los fines del presente artículo, la moraleja es la de un padre que ayuda a su hijo a enfrentarse a un problema insoportable (Gen. 22.8).
El mundo de hoy está cambiando constantemente; está lleno de cosas buenas y malas. El año pasado vimos que Estados Unidos se involucró en una guerra por primera vez en muchos años. Atestiguamos el derrumbe del bloque soviético en Europa Oriental lo cual, a su vez, provocó la disolución de la Unión Soviética. La economía de los E.U.A. cayó en una recesión, lo cual provocó desempleo y, consecuentemente, sometió a las familias a nuevas presiones económicas y sicológicas.
Por otro lado, los adolescentes se están enfrentando a una andanada de problemas sin precedentes. Algunos son problemas que las pasadas generaciones no tuvieron que enfrentar, o se presentaban bajo diferentes matices: familias sin padre o sin madre, padrastros y madrastras, embarazos en las adolescentes, drogadicción, alcoholismo, pandillerismo y sexismo.
Otros dilemas a los que ahora se enfrentan los adolescentes son: “¿Debo ir a la universidad después de la secundaria? y si así es, ¿a cuál?” “¿Qué debo hacer con mi vida profesional, espiritual y social?” “¿Qué tipo de amistades debo tener?” “En realidad ¿cuál es el significado del cristianismo?” Y ciertamente muchos adolescentes se preguntan: “¿Qué pensarían mis padres si supieran?” “Me pregunto se estarían de acuerdo con las decisiones que tomo”.
Cuando estas preguntas y otras por el estilo se vuelven realidad en la vida de los padres y los hijos, a veces nos vemos agobiados y llenos de inquietud. Proverbios 12.25 dice que “la congoja en el corazón del hombre lo abate”.
Nuestra solución a lo complicado de este mundo está en Jesucristo. Para nosotros es la constante. El está ahí como un guía, tanto para los adolescentes como para los padres, en su transitar por la vida, como lo hicieron Abraham, Sara e Isaac.
Filipenses 4.6 dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. También se nos dice que debemos echar toda nuestra“ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5.7). Pasajes como éste nos enseñan una importante lección: Cuando dependemos de nuestro Señor, él con toda certeza nos ayudará a ser los mejores padres e hijos.
Otra sugerencia para ayudar a los adolescentes a enfrentar los problemas, es que la familia permanezca lo más unida posible en todos los aspectos de la vida. Probablemente Cornelio fue un padre eficiente. ¿Por qué? Porque se esforzó en mantener a su familia unida en las cosas que verdaderamente importan. Hechos 10.2 dice que era “piadoso y temeroso de Dios”. Cornelio ejercía una influencia positiva en su familia y amigos y esto se refleja en el hecho de que les llamase a su cara a escuchar la predicación de Pedro (Hechos 10.24).
Los padres pueden aligerar la presión de los adolescentes poniendo a Dios en el centro de su vida cotidiana. He aquí algunas otras ideas que pueden ayudar a su hijo o hija adolescente a salir avante en el mundo actual. Primeramente, dedíquele tiempo a la familia. No se involucre demasiado en actividades sociales, profesionales o cívicas, si esto significa descuidar al resto de la familia. En segundo lugar, no encienda el televisor cuando la familia está pasando un rato junta. Muy frecuentemente la tele es tal distracción para la familia, que sus miembros se sienten olvidados y sin importancia.
En lugar de ver programas deportivos, financieros o cómicos, tómese tiempo para manifestar interés en la vida de sus hijos adolescentes, en vez de simplemente preguntar cómo va la escuela. Claro, la escuela es importante, pero haga el intento de conocer más detalles de quiénes son en realidad ellos y cuáles son sus inclinaciones. Platique de sus pasa¬tiempos; pregúnteles sus opiniones acerca de los problemas actuales o de cuestiones políticas.
Si tiene la fortuna de contar con dinero extra, en vez de gastarlo en bienes materiales, considere invertirlo en una diversión con la familia o en unas vacaciones juntos. El compartir cuando menos un alimento al día es una oportunidad muy efectiva de mejorar la unidad familiar.
Otra idea es desarrollar o mantener las “tradiciones familiares”. Contar con una tradición familiar contribuye a fomentar el orgullo familiar, lo cual permitirá que los hijos se mantengan más arraigados a la familia.
Usted puede idear otros métodos. El asunto clave consiste en procurar la estabilidad, o “la calma en el centro de la tormenta” que muchas veces caracteriza la vida del adolescente.
Sin embargo, los padres deben encontrar un punto medio entre apoyar a los adolescentes y dejar que solo aprendan las lecciones de la vida; el éxito y el fracaso, la exaltación y la decepción, el riesgo y la aventura. Siempre que los padres permanezcan estables y estén disponibles para sus hijos adolescentes, podrán participar de sus experiencias en la vida.
Hasta aquí hemos hablado de los adolescentes, las responsabilidades y los problemas contemporáneos. Hoy en día los jóvenes están conscientes de que viven en un mundo diferente. Sin embargo, los padres aun pueden reconocer ciertas similitudes entre las condiciones a las que ellos se enfrentaron y las que enfrentan sus hijos.
Esta familiaridad les ayuda a demostrar apoyo y comprensión hacia los problemas de sus hijos adolescentes. En otras palabras, la brecha de las generaciones no es, o no debe ser, del tamaño de la Falla de San Andrés.
No obstante esto no debe tomarse como una oportunidad para que los padres comiencen con retahilas como “en mis tiempos esto y lo otro” o “ustedes no saben lo que es caminar a la escuela todos los días bajo la nieve”. El adolescente tiende a cambiar de canal cuando oye sermones.
Por lo tanto, el padre efectivo pone un ejemplo vivo para ayudar al adolescente —no es necesario sermonear. Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11.1). Este es un buen consejo bíblico para los padres.
El simple hecho de que los padres traten de ayudar a los adolescentes a superar sus presiones y enfrentar sus retos, puede ser un gran alivio para éstos. Su hijo, de cualquier edad, se sentirá más confiado sólo con saber que usted tiene cuidado de él. Finalmente, recuerde que manifestarle amor y apoyo a sus hijos adolescentes no significa concederles todo lo que desean o piensan que necesitan.
Lo que los adolescentes verdaderamente necesitan es padres que se preocupen por sus intereses, así como nuestro Padre celestial se preocupa por los nuestros. Demostrando tal preocupación podemos guiarlos, sin privarlos de su independencia para aprender y madurar con las decisiones que tomen, tanto las buenas como las malas.
Podemos estar confiados de que al llevar a nuestros hijos por las sendas del Señor, él estará con nosotros a cada paso del camino. “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6.4).


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